Lo confieso. Me gusta Ianis Xenakis,ese músico matemático que, cual arquitecto de sonidos o ingeniero del polvo estelar de las possibilidades de los sonidos, implementa a cada instante una serie de concatenaciones de materiales sonoros diversos, al igual, pero a la vez como un Cage, o a su inversa , posibilita el uso de series de sonidos que buscan romper el difícil equilibrio de las distancias entre sonidos. Volver a Cage o a Xenakis es descubrir un mundo de visión unitaria cuasitrascedente. Sus sonidos son terapéuticos, sortean el camino de la visión parcial. Lo abrupto de su apariencia es lo matricial del mismo, siempre en la dura tarea de absorver energia,o más bien,inyectar desde la matriz energías cuasi paradisiacas.
La música de Xenakis es un reto a la imaginación. Requiere dosis de esfuerzo. Uno no puede emborracharse de Xenakis. Sin embargo, hay algo de dionisíaco en todo ello. Quizá Cage buscó un allanamiento simbólico de la racionalidad a través de su música, pero Xenakis conecta con cierto espíritu ditirámbico pagano que viene bien hoy en día. Sin duda es Pierre Boulez el maestro de la luz simbólica en la música , vía Mallarmé o René Char. Posiblemente la música sea el arte de las máquinas simóblicas o donde las ideas se transforman en arte. Debe ser porque la mano al dibujar en el aire, intenta también apoderarse cual ave del paraíso del ritmo. El sonido es algo básico. Chasca unos dedos, acompáñalo con unos suspiros y un clarinete y tendrás música. la música está en ese movimiento oceánico de islas a la deriva que son los sonidos. La arquitectura requiere estudio de pesos y medidas, pero la descontrolada materia actúa como un eje para la gravedad de la casuística de la libertad. Allí orden y caos se confunden porque están en un todo orgánico. Cual espirales en el tiempo forman volutas de humo que vibran en los oídos, con un tempo concreto. Música estudiada para romper el silencio.
lunes, 26 de noviembre de 2007
La pianista o remar contra los deseos
Acabo de leer recientemente una novela trastornante como sólo pueden ser algunas obras literarias. Se trata del libro de la premio Nobel Elfriede Jelinek, una austriaca, que, en la vía traumática y desesperanzada de un Berhnardt, apuesta por pegar duro y al estómago, justo ahí donde resopla el lector. para que negarlo, se trata de una lectura apabullante, con ese torrente de ideas que destilan las obras de la autora austríaca.Hay apuestas que son difíciles de explicar: esta es una de ellas.
El estilo directo, cortante en ocasiones, rítmico como una sonata en staccatto, destila un humor corrosivo que penetra por los poros de la piel, aunque más bien sea el esternón el que acabe descolluntado. La asfixiante atmósfera de represión materna hacia una hija encauzada a unas metas que la ahorcan, es el marco para una historia absorvente que, una vez desatada la tormenta, acaba en deseos ocultos inconfesables o, mejor, demasiado confesables para ser asumidos con naturalidad.
Por en medio, la sociedad austríaca sale retratada como un grupo de gente asustada o confiada al mismo tiempo, un tanto pagada de sí misma. Pero el problema central es la búsqueda de una utopía personal de deseos de desublimación que esconde el contrato de una materialización de sensualidades perversas o elitistas al mismo tiempo, es decir, una búsqueda de libertad bajo sometimiento. Sin embargo, es muy duro aceptar esa pendiente envarada en la que uno se mete y no sabe como salir. Calidad se llama o solía llamar eso, en literatura.La mente es laberíntica e intrincada y conspira para exaltar aquello qque la atenaza. Esa misma atmósfera de patología o gusto exacerbado por lo raro, por lo liquidacionista o singular aterriza en una espiral de terrores que sólo pueden acabar en el malentendido. El amor, ya se sabe, es una condicion de posibilidad.
Una vez acabado el materno empieza el retorno a lo prohibido. Ahí residen los deseos de una
mujer que piensa o siente demasiado. Naturalmente, esto sólo puede ocasionar una cierta desazón , no por la suerte en sí de la protagonista(que también), sino por esa naaturalidad del sentimiento demasiado encauzado. Todo ello a ritmo de trío de piano.
El estilo directo, cortante en ocasiones, rítmico como una sonata en staccatto, destila un humor corrosivo que penetra por los poros de la piel, aunque más bien sea el esternón el que acabe descolluntado. La asfixiante atmósfera de represión materna hacia una hija encauzada a unas metas que la ahorcan, es el marco para una historia absorvente que, una vez desatada la tormenta, acaba en deseos ocultos inconfesables o, mejor, demasiado confesables para ser asumidos con naturalidad.
Por en medio, la sociedad austríaca sale retratada como un grupo de gente asustada o confiada al mismo tiempo, un tanto pagada de sí misma. Pero el problema central es la búsqueda de una utopía personal de deseos de desublimación que esconde el contrato de una materialización de sensualidades perversas o elitistas al mismo tiempo, es decir, una búsqueda de libertad bajo sometimiento. Sin embargo, es muy duro aceptar esa pendiente envarada en la que uno se mete y no sabe como salir. Calidad se llama o solía llamar eso, en literatura.La mente es laberíntica e intrincada y conspira para exaltar aquello qque la atenaza. Esa misma atmósfera de patología o gusto exacerbado por lo raro, por lo liquidacionista o singular aterriza en una espiral de terrores que sólo pueden acabar en el malentendido. El amor, ya se sabe, es una condicion de posibilidad.
Una vez acabado el materno empieza el retorno a lo prohibido. Ahí residen los deseos de una
mujer que piensa o siente demasiado. Naturalmente, esto sólo puede ocasionar una cierta desazón , no por la suerte en sí de la protagonista(que también), sino por esa naaturalidad del sentimiento demasiado encauzado. Todo ello a ritmo de trío de piano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

