miércoles, 30 de abril de 2008

Pertinentes herejías

Hay obras que se caracterizan por su verborrea, por su enmascaramiento o por su precedido parloteo. La obra de Juan Goytisolo en ningún caso se puede reducir a este subterfugio. Huye como de la pólvora de los estereotipos, de las fórmulas o de los inventarios tout courto á propos de que circulan por el mundillo editorial. Digamos que posee la oralidad, ese rasgo de lo atrabiliario vestido de los ropajes de lo extraño que sorprende en todo momento. No puede más que hacerlo, toda vez que parte, a sensu contrario de las opiniones escolásticas o académicas del sentido de la paradoja, de esa fluidez o cruce de caminos que es la literatura como encrucijada, como laberinto o tela de Penélope que se desmadeja cada día pero que vuelve cada vez a cobrar entidad, cual ave de retorno que filtrase su volar, imposible de asentar de una sola vez.
En el caso de Contra las sagradas formas la aventura es total, enorme vuelta de tuerca, a sabiendas de que la literatura no se puede entender desde un punto de vista local ni meramente "nacional", esa polinización cruzada ideas que está en la base de la errancia, del nomadismo, de la oralidad. Si en Makbarao Reivindicación del conde Don Julián, la búsqueda era el pasado negao, olvidado o el de la historia oficial trasmutado, en estas brillantes páginas asistimos a la idea de una España fuera de todos los mitos , ya sean nacionalcatólicos o nacionalistas, esa obra reivindicadora de lo maldito en historia oficial que es Américo Castro, pero también la aventura de la literatura como radicalidad oral.
Juan Goytisolo posee ese raro don del palimsesto, de la tela de la halca, ese espi´ritu de la plaza de Xema el Fna, en su Marraquech. Como tampoco se puede olvidar lo que dice de la creación del Quijote, quizá la obra más interesadamente mitificada, en cuanto a la vida de Cervantes se refiere, claro.
Leer a Juan Goytisolo es una tare vivificadora y herética, sobre todo en un paísd poseido de sus propios fantasmas y de sus propias miserias, enfrentado a un pasado que se quiere negar perro que emerge cad vez.

La época de las postales rotas

Muchos hemos pensado a lo largo del tiempo que eso del amor, a cierta edad, se transforma en un laberinto de recuerdos de lo que ha sido. La nueva película de Isabel Coixet, , Elegy, posee ese raro factor madurez, sensatez y estar a la altura de las circunstancias, como para ser una película de culto de gente de cierta edad, esa que ha pasado el tiepo nomasdeando por los terrenos de la soledad propia y ajena, quiero decir acompañada, sin saber que la belleza es ese extraño don que habla más del aparecer que del ser, de las cosas más que de los seres.
Esta desoladora, dolorida película nos habla de sueños, de deseos y eso, ya se sabe, es propicio a la vuelta del tiempo, a ese giro de las microhistorias, de cada quien de cada uno, que llama más a la sinestesia del acontecimiento que a lo que realmente queremos poseer.Porque la vida de ese animal moribundo es la vida de tantos hombres que se encuentran a solas consigo mismo, a sabiendas de que la muerter, esta si, es no haber amado o negarse a amar algo que a uno le llama en condiciones;esa belleza que está más allá de las palabras, metonimia del movimiento de una pasión que posee a un hombre maduro, enfrentado a sus fantasmas a, asu pasado como amante frívolo más que como verdadero artista. Cabeza parlante enfrentado a su pasión irreductible. Pero esta película habla también del perdón, de lo que podemos encontrar en el otro a pesar de y sobre todo a pesar de.
Elegante, honesta y sincera la adaptación de Coixet de la novela de Philip Roth, es una muestra de equilibrio en el mundo de los dramas que se nos vienen ofreciendo de un tiempo a esta parte. Elegante fotografía y música relajante, incluido Satie. Amrga pero dulce película.