martes, 29 de septiembre de 2009

Oyendo a las sirenas

Una de las cosas más seductoras por lo asaltador y matricial de lo mismo es la música. Vivir la música conlleva el riesgo de leer en la vibración de la misma el timbre, la madeja de sonidos que se amansalban unos tras otros, atacando el espíritu del oyente. Oir es un acto de reválida del pensamiento, un entrecuzarse entre puntos de una red que contiene información, pero que transmite un grado de ebriedad, como si el dionisos póntico nos hablara desde la sima de las ideas. Es por ello que la música es de una epojé, un tecnos elaborado que transita entre tragos de trompetería o de claridad meridiana(como en Haydn), para dar muestras de un espíritu de ideas que se van aunando en Schubert o en el heroísmo de un Beethoven.
La música es una mujer, una musa dionisiaca que brinda por el ethos o el pathos. Puede ser como en Mahler una profusión caleidoscópica de ideas ora montaraces ora ecuestres o folclóricas rayando en lo sublime, allá donde se sube al monte (que idea tan romántica), saludando himnicamente la resurrección de la vida. Puede ser, como en Schumann, un vértigo de la creación, un tnebroso caminar por el propio andar, la propia manera de sostenerse. Pero siempre es música.
Mozart teclea sus sonatas o sus conciertos con una especie de frescura, que en sus óperas transita por el bildug de su flauta mágica, siempre aprendiendo o dando la frescura de una cierta liviandad o levedad cuasi amoaral.
Debussy emerge de su eros nostálgico y recalcitrante para penetrar en el narcótico de su mer o , dar ejemplos sin numero de beodas noches. Monteverdi rescata en su Orfeo el tema del arte como ratador y salvador y la final condenación del mismo, cosa que en Brahms se hace temas enlazadso evolucionarios y pivotantes. Todas las sensaciones cromáticas del timbre o la textura argumental de la misma están implicadas en la acción de la música. E s por ello que la música es un telar de emociones e intensidades varias.

No hay comentarios: