A veces se agradece revisitar textos que uno ha dejado colgando en el pasado y eso me está ocurriendo a mí con Quim Monzó. SUs Ochenta y seis cuentos, en Anagrama , son una buena ocasión para dar rienda suelta a todo un despliegue de gags que nacen, más bien de la sorpresa, de pequeñas anécdotas que, transformadas por la magia del escritor catalán se tornan en una risotada suave que rasca el estómago del lector, sacudiéndole con una marejada de onomatopeyas que cobran sentido, dando un salto en la butaca en que estás leyendo esta selección.
Monzó posee un raro sentido de lo cercano, con el manejo de lo audible en primer término. Sus cuentos aletean sobre el papel y provocan placer verdadero, ese que nace de reconocerse en situaciones cuasicinematográficas, circenses o culesquiera ocasión que uno piense en ese proyector que es la imaginación. No es muy lejano en ello a un surrealismo de las cuestiones cotidianas, las mismas que sean desde clavar algo a entrar y no poder salir, ese absurdo volcado en demostrar que , las situaciones reales poseen más vis cómica de lo que imaginamos o de lo que pensamos, cuando estamos sólo despiertos. Y es que los objetos cobran forma y dialogan en este mundo, como si la vida, esa enigmática manera de decir estoy aqyuí, dotara a las cosas de un halo de circustancia. Quim Monzó declara la guerra al aburrimiento y dota a sus creciones de esa alada compañera que es la sonrisa, la lógica de los asuntos personales volcada y desnuda, explicada más que nunca ante ese notario que es un lector exigente.En oleadas, como si fuera una luz cercana , sus cuentos denotan una inteligencia que se cuestiona la pertinencia de las cosas.Hermano gemelo de los Marx, Chaplin o los caricaturistas sus retazsos sacuden en flash al lector. Lean a Monzó, se lo agradecerán.
jueves, 29 de mayo de 2008
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