En las múltiples lecturas que me ocupan a veces dejo un hueco para alguna novela que, por azares de la curiosidad(nada mejor que ésta para descubrir en sentido lato)quiero dejar para ocupar algo del tiempo de ocio o de trabajo (que viene a ser lo mismo) intelectual, En estos momentos me ocupo de una fulgurante novela de Cormac McCarthy entitulada Meridiano de sangre. La verdad que el tipo se las trae con eas descripciones someras pero como de fuego, esa superposición cuasicinematográfica gore de las escenas, esos diálogos secos pero certeros. ASí que no la puedo dejar. No, ni aunque lo intente.
Lo más interesante es la musicalidad de la prosa, dura y sarmentosa, plagada de la aspereza de un desierto fronterizo, que se adivina espacio de miserias y desencantos, de búsqueda de fortuna(la que sea, aún a costa de ejercer lo más innoble), pero lo más sorprendente es que el esta novela trata sobre el Mal, así con mayúscual. De donde está el mal, como adviene, como nace como una gota insospechada en cada átomo de la novela, en una espiral inengable de paroxismo. Se adivina la atracción del mal, ese empuje vertiginosos hacia la nada, allá donde las cosas dejan o suspenden los sentidos, quizá porque nunca tuvo sentido. Estos personajes están a la búsqueda de una identidad que se les ha escatimado, o que ya simplemente ha juido a zonas oscuras y turbias. Lo turbador de la novela reside en este juego de espejos en el que el autor es un hiperrealista desmesurado, un observador paciente o un característico paisajista de laa desesperación. Sin embargo, los personajes de Mc Cormac no resoplan, ni siquiera se preguntan nada. Quizá sea que detrás de tanto lirismo reside la frontera de la falta de sueños , allá donde quizá los sueños ya no engan lugar.
jueves, 21 de febrero de 2008
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