domingo, 12 de agosto de 2007

La eterna paradoja de una isla

Acercarse al mundo de la novela es cuando menos una tarea un tanto trabajosa, máxime si uno tiene como máxima de trabajo el ensayo, pero , en el caso de Michel Houellebecq, esa tarea necesita ser besbrozada en una labor de contrabanda. Todas las novelas de Hoellebeq son siempre en el fondo la misma: la desgracia de existir en este mundo tan hipermaxificado al servicio de la bestia. Cual es la bestia de los impulsos humanos, de las ataduras emocionales, de esa eterna cosa que nos humaniza que son los sentimientos de amor dependiente.

Reconozcámoslo, lo que señala Houellebecq es algo que podemos percibir con claridad, aunque el sintetizarlo en ocas palbras requiere de una ardua explicación biológica y cultural.

Y es que vivir es esa tarea de titanes, a sabiendas que el sufrimiento y el desaliento son mayores que las satisfacciones a mano. ¿Que pasaría,nos pregunta la novela, si un grupo visionario de excéntricos iluminados construyera una iglesia que pretendiera que la clonacióacabaría con el sufrimiento de los pesares de la crianza, de la reproduccción, de las trabas emocionales derivadas de la preservación del caudal genético? Lo han adivinado, se trata de la clonación como punto de partida. O de llegada. Porque Houellebecq da de lleno y da dos veces. En esta polémica novela, y o puede ser otra cosa toda vez que coge al toro por los cuernos, se trata del papel de las utopías, de las promesas de liberación, de toda esa caleidocópica rebatina que nos envuelve continuamente. ¿Queremos ser libres? ¿Y si el precio de la libertad es la deshumanización? Los protagonstas de la novela bucean, en una eterna búsqueda por el pasado de la especie a la espera de encontrar el momento en que todo se torció.

Un mundo sin humor y sin ironía es inviable en un lugar dedicado a la utopía. Al mismo tiempo, las cadenas de sufrimiento siguen su curso. No hay tiempo para las utopías en el mundo de los instintos. la consecuencia no puede ser más desalentadora ni más brutal. Y es que del infierno tenemos siempre pruebas en los demás y en nostros mismos. Cabria preguntarse si un mundo futuro como el que reterata MH no es aterrador, y de hecho lo es. El ego y los conflictos siguen su curso y una nueva barbarie amenaza a la humanidad. No queda más que decir, el conflicto está servido. Los conocimientos de tecnología de MH y su ubicación temporal en una isla, esa isla donde todo es posible o promisorio al búsqueda de una tierra de promisión que nos lleve mucho más lejos. Tan lejos que, como el personaje busquemos en la huida el retorno. Al final queda la sensación de encontara la posibilidad, tan sólo la posibilidad...

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