Puede parecer que ser creyente e s una cosa que exculpa de explicaciones, pero precisamente ahora que no sé si hemos visto de todo, pero que coincidir mínimamente con las opiniones mayoritarias se califica de suave desmovilización, como estar con las minorías es señal de elitismo. Lo cierto es que no voy a hablar aquí de creencias religiosas, probablemente las más belicosas intolerantes de todas, sino de creencias y datos.
Para tener una crencia se tiene primero que hacer un ejercicio de afirmación, tanto más cuanto que afirmar es ya decir en primera persona. Es ahí, de ese tremendo factum de la realidad que queremos y deseamos frente a la que es, que sólo un poderoso discernimiento nos ayuda en la tarea de descubrir una mínima verdad. De lo tautológico se encarga ya el discurso, la construcción, la familia o la educación. Decir que se tiene una creencia es una idea, entendida esta en su sentido de eidos o imagen, tan fuerte como decir que la Luna es una amenaza para los cristianos porque aparece en el ideario del islam esta vez en su mitad, cuanto no más completa, o que el vino avinagrado es bueno para endulzar.
Pero además es que las creencias se oponen a la verdad en no otra menor manera Esta es en que operan como virus que contaminan, como los virus informáticos por microprogamas que lanzan ataques. Esta es quizá la más peligros de todas. Al final lo bueno sería no sólo hacer un buen análisis, sino observar, analizar, describir y sopesar. Eso que nos hizo grandes en el pasado, pero siempre con el matiz de lo nuevo, como si todo fuera nuevo a cada instante.
Al final, el juego de las realidades es una colección de trampas y spejismos que es muy difícil sobrellevar. De ahí su dificultad. De ahí la extraña belleza de la filosofía.
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